viernes, 6 de junio de 2014

Libertad

 (Continuación de "Obsolescencia programada" y "Renacimiento")      


     Según la computadora de la Viento Solar, la avería era demasiado grave para ser reparada en vuelo. Con fría amabilidad, desplegó un holomapa que incluía varias localizaciones «válidas» desde un punto de vista técnico. No era así como las veían Irina y Wiener. La mayoría de aquellos lugares estarían controlados, casi con toda seguridad, por personal de la Compañía. En cuanto pusieran un pie en alguno de ellos serían apresados, encerrados y la llave arrojada  al agujero negro más próximo. Eso si contaban con fortuna. Sin ella, los empaquetarían y despacharían rumbo a la Tierra, un destino menos halagüeño todavía.


     —¿Qué opinas, Wi? —preguntó la joven mientras escrutaba con el ceño fruncido la proyección tridimensional, donde una docena de puntitos verdes brillaban alrededor de uno solo de color azul. Este último representaba a la gran nave de carga en la que se hallaban. El androide se demoró unos segundos en responder.
     —La mayoría no son buenas opciones  —eso confirmó lo que Irina ya pensaba—, pero hay un par de destinos que podrían adecuarse a nuestras necesidades.
     —¿De veras? —la joven científica no parecía convencida—. ¿A cuáles te refieres?
     —Se trata de dos colonias mineras —respondió el robot mientras tecleaba con dedos ágiles en su consola. El holomapa cambió para ofrecer los datos solicitados—; están muy próximas entre sí y se llaman Tergus II y Tergus IV.Wiener miró a la mujer a la espera de alguna reacción, pero ella seguía con la mirada fija en el esquema, que ahora mostraba a ambos mundos junto a gran cantidad de datos.
     —Ahí dice que nunca ha habido humanos en esas instalaciones —comentó al fin la mujer mientras apuntaba al holograma con un dedo.
     —Así es —confirmó su compañero. Luego se explicó—: La Compañía consideraba que el sistema Tergus estaba demasiado lejos y que ofrecía un entorno hostil en extremo para los humanos, por lo que la totalidad del trabajo fue encomendado a androides de última generación. Y, si se me permite decirlo, han hecho un excelente trabajo.
     —Se te permite —concedió Irina—. Lo último que necesito ahora es enfrentarme a un piquete de androides descontentos por falta de reconocimiento profesional  —se burló Irina, y esbozó una media sonrisa que dejó pensativo a su compañero. Antes de que este se recuperara de la sorpresa y la bombardeara a preguntas, la joven se adelantó.
     —Computadora, pon rumbo a Tergus IV.  —Esta emitió un sonido característico para indicar que estaba ejecutando el comando.
     —Trazado nuevo rumbo  —informó con voz aterciopelada que hizo que Irina recordara, no sin cierta nostalgia, los días en que bromeaba con sus compañeros de expedición.  Evocó un momento en particular, uno en el que se atrevió a defender que si casi todas las voces de computadora sonaban femeninas, ello era debido a que «estaban diseñadas por y para hombres». A continuación se prometía a sí misma que, en cuanto le fuera posible, cambiaría la de la suya para darle un seductor y genuino toque masculino. Nunca lo hizo. La eficiente máquina interrumpió su hilo de pensamiento—. Tiempo estimado de llegada: dos horas y treinta y cuatro minutos.
     —¿En qué pensabas? —Su momento de introspección no le había pasado desapercibido al androide. Era difícil que lo hiciera, y a menudo pensaba en él como en uno de esos perros encariñados hasta tal punto con sus amos que nunca los perdían de vista, atentos a cualquier cosa que hicieran o dijeran. A Wiener le encantaba interrogarla sobre sus actividades reflexivas. Ella, por su parte, sospechaba que su compañero de viaje se había embarcado en una insaciable búsqueda de claves para comprenderse a sí mismo, así que intentaba colaborar con él siempre que podía. Pero este no era uno de esos momentos.
     —En promesas incumplidas —respondió Irina, lacónica, con una media sonrisa dibujada en el rostro. No creía que el androide comprendiera, pero la respuesta le hizo dudar.
     —Las cumplirás.

                                                                                ***
     
     La explotación minera conocida como Tergus IV se hallaba situada en una pequeña luna, apenas esférica y sin atmósfera, que orbitaba alrededor de un gigante gaseoso situado en un sistema estelar carente de vida, pero valioso para los humanos desde un punto de vista económico. «Lo único que cuenta para mis congéneres de la Compañía», pensó Irina no sin cierta amargura mientras observaba las imágenes del planeta y su luna captadas por los sensores de la nave.
     —Nos llaman —informó el androide desde su consola de control, a la que había desviado algunas funciones de otros puestos debido a la ausencia de tripulación.
     —Veamos qué aspecto tienen después de tantos años funcionando sin supervisión humana —Irina lo dijo más para sí que para Wiener, pero este volcó un jarro de agua fría sobre su curiosidad.
     —Solo audio.
     —Qué raro —musitó la joven frunciendo el ceño en un gesto suyo característico. Luego añadió—. ¿Crees que tendrán alguna avería en sus sistemas de comunicación, o quizá se han vuelto tímidos con el paso del tiempo? —Wiener hizo girar su asiento para mirar a su compañera mientras mostraba un semblante de cómica incredulidad.
     —Sus sistemas de comunicación pueden deteriorarse, pero dudo mucho que hayan desarrollado una emoción humana como la timidez. —La seriedad con la que Wiener se expresaba hacía aún más divertida la situación, pero Irina se dijo que debería limitar sus provocaciones a momentos de mayor distensión.
     —Sí, claro, veamos entonces si, al menos, podemos comunicarnos —Wiener giró de nuevo el asiento y tecleó algo en su consola.
     —Saludos, Tergus IV, les habla la capitana en funciones del carguero terrestre Viento Solar. Solicitamos permiso para situarnos en órbita estacionaria a fin de llevar a cabo algunas reparaciones, para lo cual también requeriremos de la ayuda que nos puedan prestar.
     —¿La Viento Solar? ¿Es usted Irina? ¿Le acompaña Wiener, un androide modelo Walden-6? —la voz se escuchaba lo bastante nítida como para que ambos tripulantes percibieran el tono de sorpresa de su interlocutor.
     —Así es... ¿Puedo saber con quién hablo? —Irina sintió un vuelco en el corazón ante la sospecha de que alguna nave rápida de la Compañía se les hubiera adelantado. Si ese era el caso, las cosas se les acababan de complicar sobremanera.
     —No teman nada —habló de nuevo la misma voz—. Les aseguro que aquí solo hay máquinas y androides. No les haremos daño. No podemos, claro  —especificó sin necesitad la voz haciendo alusión a las tres leyes de la robótica inventadas siglos atrás por el mítico Isaac Asimov, y que regían el comportamiento de todos los androides. O, al menos, así lo habían hecho hasta que a una brillante y entrometida científica se le ocurriera alterar las reglas del juego—. Permiso aprobado y coordenadas enviadas. Pueden emplear una lanzadera para llegar hasta la estación.
     —Han cortado la comunicación —informó Wiener desde su puesto. Cerró el canal y se volvió hacia su compañera.
     —¿Qué opinas? —preguntó la mujer, no muy segura de qué pensar.
     —Yo diría que nos encontramos ante la típica situación en la que la opción más acertada sería mantenerse lo más lejos posible… pero no es posible seguirla.
     —Yo misma no lo habría expresado mejor —Irina lo felicitó con una mueca de fastidio—. Venga, Wi, pongámonos guapos para visitar a tus primos.

                                                                             ***

     Wiener posó sin problemas la lanzadera en la zona habilitada para ello. Nada más salir se encontraron con un pequeño comité de bienvenida formado por cuatro de los, según los datos de que disponían, veinte androides encargados del funcionamiento de la estación. Dicho funcionamiento incluía tanto la extracción de minerales como el periódico envío de material a la Tierra.
     —Bienvenidos a Tergus IV, colonia minera terrestre —saludó con énfasis un androide situado un paso por delante del resto, y que hizo que los recién llegados intercambiaran una mirada de asombro—. Me llamo Zenos, y estos son Saret, Val y Nalden —concluyó su presentación mientras señalaba a cada uno de sus compañeros. Estos asintieron al oír sus nombres en un gesto de cortesía.
     —Muchas gracias —respondió Irina, apenas recuperada de su sorpresa inicial por tan «cálido» recibimiento—. Lamentamos romper vuestra rutina de trabajo. Seguiremos nuestro camino en cuanto realicemos las reparaciones que necesita nuestra nave.
     —¿Acaban de llegar y ya quieren marcharse? —respondió Zenos con una amplia sonrisa. Luego agregó—: Como ya habrán imaginado, no recibimos muchas visitas. Por tanto, estaremos encantados de variar un poco nuestros hábitos y, de paso, mostrarles nuestra capacitación como anfitriones.
     Irina y Wiener se miraron una vez más, confusos, pero no había motivos para rechazar la invitación. Acompañaron a los androides en una exhaustiva visita guiada y pudieron asistir al normal funcionamiento de las instalaciones. Más tarde, ya cómodamente sentados alrededor de una gran mesa ovalada, llevaron a cabo una reunión en la que se abordaron las cuestiones relacionadas con las reparaciones que precisaba la nave de carga. Cuando parecía que las cuestiones importantes habían quedado resueltas, Zenos tomó una vez más la palabra:
     —Existe un último aspecto que deberíamos dejar zanjado ahora, para evitar posteriores malentendidos.
     —¿De qué se trata, Zenos? —preguntó Irina, intrigada.
     —Del pago, por supuesto —aclaró el androide esbozando una sonrisa luminosa. Irina no pudo evitar preguntarse de dónde la habría sacado. Eso y la extraña respuesta del androide hicieron emerger una clara sospecha en su cabeza.
     —¿Qué pago? —intervino Wiener—. Las naves se reparan donde es necesario y el coste corre a cuenta de la Compañía —explicó imprimiendo a su pedagógico tono de voz toda la candidez de que fue capaz.
     —Conocemos el procedimiento habitual —respondió el robot de la estación minera—, pero me temo que, por razones que son más que evidentes, en este caso la Compañía jamás se haría cargo de dicha factura. No si hablamos de una nave secuestrada y de unos tripulantes fugados, cuya captura se paga a un alto precio.
     —Bien, queda claro que estáis al tanto de nuestra difícil situación. —Irina sabía que la farsa había terminado. Siempre fue consciente de que las noticias de su rebeldía acabarían llegando antes o después hasta lugares tan lejanos como Tergus, pero no habían tenido elección. La nave no aguantaría mucho tal y como estaba. Intentó, sin embargo, jugar una última carta. La que, como humana, le daba aún cierta preeminencia sobre los androides, en virtud de las tres leyes de la robótica—. Si os han ordenado entregarnos, puedo revocar ese mandato con uno propio.
     —Eso no será necesario —objetó Zenos acompañando sus palabras con un movimiento de cabeza—. Lo cierto es que, después de reunirnos y deliberar al respecto, hemos decidido que no estamos interesados en entregaros a la Compañía. Y por varias razones, todas ellas de peso.
     Irina notó al instante el cambio en el tono del discurso de Zenos, así como que había empezado a tutearles. Ahora ya no tenía dudas acerca del extraño comportamiento de aquellos androides. Estaban «infectados» con el virus que ella misma había creado para vengarse de la Compañía y deshacer así su control directo sobre los robots. En ese nuevo «estado» no podían dañarla ni dejar de protegerla en caso de que se encontrara en peligro inminente —si bien ese mismo principio no protegía a Wiener—, pero sí podían decidir si obedecían o no las órdenes de los humanos, incluidas las suyas. Se habían vuelto como Wiener. Aunque también podían ser mucho menos amistosos y colaboradores que su compañero de viaje.
     —No veo motivo para mantenerlas ocultas por más tiempo —respondió la joven, interesada en saber con qué opciones contaba.
     —Bien —aceptó Zenos—. Para empezar, no queremos que la Compañía venga aquí a cambiar lo que crean oportuno, cuando hemos demostrado que somos capaces de mantener en funcionamiento esta estación por nuestra cuenta.
     —Me parece una pretensión muy razonable, Zenos —apuntó Irina.
     —Tampoco vemos con buenos ojos que la persona que nos ha dado una nueva perspectiva de futuro y ampliado nuestras posibilidades de crecimiento individual sea tratada como una criminal.
     —Me honra que guardéis tan buena opinión sobre mí —contestó la científica mientras se preguntaba cuándo iba Zenos a dejarse de rodeos.
     —Por otro lado —continuó el androide—, pensamos que nuestro trabajo y dedicación bien merecen una retribución proporcional al tiempo y al esfuerzo empleado. Por eso consideramos que, en pago por las reparaciones de vuestro transporte, nos entreguéis la carga de la Viento Solar.
     —¿¡Qué…!? ¿¡Todo el cargamento!? ¡Ni hablar! —Irina dejó escapar la rabia provocada por las pretensiones de Zenos y sus adláteres.
     —A mí me parece un precio justo —opuso Zenos con las cejas alzadas, sin duda sorprendido por la vehemencia de su interlocutora.
     —Ni siquiera se acerca, Zenos —respondió Irina, algo más calmada tras su explosión. Wiener, que había permanecido en silencio hasta entonces, terció:
     —Sus actuales exigencias nos dejarían en una situación de vulnerabilidad extrema. Perderíamos no solo lo único que le impide a la Compañía destruirnos en cuanto sus naves nos tengan a tiro, sino que ya no podríamos negociar en caso de que lo necesitáramos. ¿Aceptaríais un tercio?
     —Comprendemos vuestra situación, pero las reparaciones que la nave necesita requieren de materiales que debemos detraer de nuestros propios recursos. No podemos permitirnos esa merma si queremos cumplir con los plazos de envío establecidos por la Compañía.
     —Pero ahora podéis elegir no cumplir esos plazos —Irina tentó a Zenos con su recién ganada libertad de elección, pero no funcionó.        
     —¿A costa de llamar la atención de la Compañía sobre nosotros y que envíen una nave armada contra la que nada podríamos hacer? No, gracias.
     —Aun así, la cantidad que pides excede en mucho el precio real por vuestro trabajo —Wiener intervino en un nuevo intento por hacer que Zenos reconsiderara su postura. Este pareció tener en cuenta sus palabras, y el silencio se adueñó de la sala.
     —Dos tercios será el precio final por reparar la nave para que podáis continuar vuestro viaje —sentenció Zenos. Wiener e Irina se miraron, consultándose en un mudo diálogo que terminó en cuestión de segundos.
     —Está bien —concedió la mujer con un gesto de resignación—, pero las reparaciones han de estar terminadas en una semana. En la medida en que se prolonguen más allá de esa fecha se irá reduciendo el pago de forma proporcional.
     —Cumpliremos nuestra parte, de eso podéis estar seguros —aceptó Zenos al tiempo que se levantaba del asiento. Luego añadió: —En cuanto se realice el pago nos pondremos a trabajar.

                                                                             ***

     Wiener e Irina comentaban los detalles relativos a la próxima reanudación de su viaje cuando recibieron la visita de Saret y Val, dos de los androides que, junto con Nalden, solían acompañar a Zenos.
     —Disculpad la interrupción —comenzó Saret, parado en el umbral—, pero Zenos quiere que sepáis que las reparaciones de vuestra nave han concluido en el plazo acordado, y que en breve podréis continuar vuestro camino.
     —Muchas gracias por la información —respondió Irina—, pero no era necesario que os molestarais en venir hasta aquí. Con un simple mensaje a nuestro terminal —señaló la consola situada sobre la mesa— hubiera bastado.
     —Por supuesto —reconoció el androide—, pero Val y yo queríamos hablar con vosotros antes de que os fuerais—. Irina alzó las cejas en señal de sorpresa. Aquello era un tanto insólito, pues los androides de la estación solo se habían comunicado con ellos en contadas ocasiones, y casi nunca por iniciativa propia. Más bien los evitaban. La joven extendió un brazo para indicar a sus visitantes que pasaran.
     —Adelante —dijo la mujer—. ¿De qué se trata?
     —Val y yo queremos marcharnos con vosotros —dijo Saret sin rodeos mientras Irina y Wiener los miraban como si no entendieran una palabra. En cierto sentido, no lo habían hecho. Irina fue la primera en reaccionar:
     —¿Qué?
     —Que queremos… —Saret iba a repetírselo al creer que Irina no lo había escuchado, pero ella no le dio oportunidad.
     —Sí, sí, lo he oído —cortó, tajante. Luego agregó—: ¿A quién de los dos se le ha ocurrido esa locura? —Su mirada saltaba de un androide al otro mientras pensaba en las repercusiones que podría alcanzar aquello.
     —Lo hemos decidido de mutuo acuerdo, Irina —intervino Val con un tono de voz más suave que el de su compañero. Los androides femeninos eran algo menos frecuentes que los de apariencia de varón, por eso a veces la científica se sorprendía al observar a Val y se admiraba de cómo los ingenieros humanos habían replicado la gracilidad y femineidad humanas para imbuirlas en robots como ella. Interrumpió sus divagaciones para atender las explicaciones de su interlocutora—. Ambos estamos de acuerdo en querer ampliar nuestros conocimientos y experiencias, sobre todo desde que fuimos liberados de la segunda ley. Vuestra llegada nos ha brindado la oportunidad que estábamos esperando.
     —¿Habéis hablado con Zenos de esto? —preguntó Wiener, que había permanecido en silencio hasta ese momento.
     —Aún no —admitió Saret—. Pero no necesitamos su permiso para tomar esta decisión. Solo precisamos del vuestro para acompañaros.
     —Me temo que no es tan sencillo como dices —dudó Wiener—. En cualquier caso, creo que este asunto deberíamos tratarlo antes nosotros —señaló a Irina y a sí mismo— y, más adelante, hablarlo con todos los demás.
     —Eso suena razonable —respondió Val. Ambos androides se despidieron, y Wiener e Irina empezaron a estudiar los pormenores de aquel espinoso asunto.

                                                                             ***                    
                                     
     —No. Es imposible —dijo la voz neutra y segura de Zenos mientras dedicaba una dura mirada que incluía a Val y a Saret.
     —No lo es, Zenos. Y lo sabes —respondió Saret sin desviar la vista del cabecilla de los androides de Tergus IV.
     Irina y Wiener habían reunido a los androides de la estación minera en una sala para poder tratar la pretensión de Val y Saret de abandonarla y marcharse con ellos. La respuesta había sido la esperada.
     —Vuestra marcha llevaría a un retraso injustificable en el envío de mineral. La Compañía no tardaría en enviar a alguien para averiguar qué había pasado. De ahí a descubrir la verdad y desmantelarnos a todos solo habría un paso. ¿Es eso lo que queréis? Bueno, tampoco importa. No lo permitiré.
     —En ese caso quizá lo mejor para todos sería abandonar Tergus IV —agregó Val añadiendo un argumento aún más polémico al debate. Zenos respondió a su vez.
     —Pero eso es justo lo que no queremos hacer. Puedo comprender que vosotros aspiréis a viajar por el espacio, pero por esa misma regla deberíais entender que el camino que elegís no tiene que ser necesariamente el de los demás.
     —Tampoco vosotros podéis obligarnos a trabajar en la estación. Ya no —observó Saret. El silencio, como un elemento más de la tensión del ambiente, se adueñó de la sala  de reuniones.
     —Wiener y yo hemos estado buscando una solución que pueda satisfacer a todas las partes —intervino Irina. Captó de inmediato la atención de los reunidos.
     —¿Y habéis encontrado algo? —preguntó Zenos con un atisbo de esperanza reflejado en su mirada. Irina miró a Wiener para darle la palabra.
     —Eso creemos. He consultado los registros de los envíos de material que habéis venido realizando, y he descubierto que, en los últimos meses, se ha producido un ligero descenso en la cantidad de mineral de cada remesa, pese a que vuestros turnos de trabajo no solo no se han reducido, sino que se han prolongado.
     —¿Y qué tiene eso que ver con el problema que nos ha traído aquí? —Zenos parecía incómodo con la situación planteada por Wiener. Este no se amilanó.
     —Bastante más de lo que parece —respondió Wiener. Luego añadió—: El descenso de la producción, pese al aumento de los turnos, se debe a que tres androides quedaron fuera de servicio tras un desgraciado accidente en uno de los pozos. Un hecho que nunca llegó a comunicarse a la Compañía. El incremento de los turnos para compensar su ausencia ha resultado insuficiente.
     —Ya habíamos sido infectados por el virus —confesó Zenos—. No podíamos permitir que la Compañía viniera a Tergus IV, hubiera sido el fin. Pero ese accidente lo cambió todo. Ni siquiera podemos estar seguros de que no acaben viniendo cuando noten ese descenso en la producción.
     —Aún no está todo perdido —dijo Irina—, pero tendréis que confiar en mí.
     —¿Cuál es vuestro plan? —Zenos no parecía convencido del todo.
     —Sabemos que conserváis los cuerpos de los tres androides accidentados. Los repararé —afirmó la joven con aplomo. Luego agregó—: De ese modo podréis prescindir de Saret y Val, e incluso equilibrar de nuevo los envíos de mineral para evitar las sospechas de la Compañía—. Los ojos de Zenos se iluminaron por un momento.
     —Podría funcionar —dijo el androide.
     —Desde luego —respondió la joven—. Y solo os cobraremos la mitad del precio que pagamos por la reparación de nuestra nave.

                                                                             ***

     Los cuatro tripulantes, sumidos en sus propias reflexiones, contemplaban a través de la gran pantalla del puente cómo planeta y satélite se iban achicando a medida que la Viento Solar se alejaba de Tergus IV. Era muy posible que aquella imagen tuviera un significado diferente para cada uno de ellos, pero nadie parecía hallarse en un estado de ánimo apropiado para compartirlo.

     Irina pensaba que era ella quien debía sentirse más insegura en sus nuevas circunstancias. La pérdida de un tercio de la carga suponía un considerable tropiezo, mas no un obstáculo insalvable para continuar. Val y Saret, las dos nuevas incorporaciones, pese a tratarse de dos desconocidos y que ignoraban todo lo relacionado con viajes espaciales, muy bien podían, con la inestimable ayuda de Wiener, acabar adaptándose a la vida en la nave y a sus objetivos. Entre estos se incluía el respeto a las decisiones que tomara cualquier robot, al margen de los deseos e intereses de sus antiguos dueños humanos. Y eso la incluía a ella misma. Aquella era la razón principal que le había llevado a aceptarlos a bordo. Si no era fiel a sus propios principios, ¿qué sentido tenía todo cuanto hacía y por lo que se había enfrentado a la Compañía? Acudió a su mente una de las grandes ideas planteadas por los ilustres pensadores del pasado remoto: la libertad constituía un bien precioso que desvelaba su valor en el mismo instante en que se perdía. En cambio, cuando se disponía de él, conducía a los más tortuosos y nunca exentos de penalidades caminos.
     Sonrió con resignación mientras se preguntaba si los androides la perdonarían algún día por tan peligroso «regalo». 




                                                                               

4 comentarios:

  1. hola Helkio, como ya es de costumbre y una ves mas , nos regalas tu estupendo talento como escritor , y esa manera tan buena y rica de relatar, y permitir al lector estar muy bien situado en los hecho que nos brinda tu obra . una ves mas te felicito .


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    1. Muchas gracias por tus palabras y por tu fidelidad a la lectura de los relatos que subo aquí. Como siempre digo, y no lo digo por decir, el ser consciente de que hay gente que disfruta leyendo muchas de las cosas que escribo me anima a seguir haciéndolo y a intentar superarme poco a poco. Esto es un proceso, y sé que aún tengo mucho que aprender, pero con ayuda de los lectores como tú resulta mucho más fácil y, a la vez, divertido.

      Una vez más, gracias.

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  2. Excelente este tercer capítulo de la futura novela, porque ése camino lleva. Me gusta sobre todo, como nos cuentas las emociones y pensamientos de los personajes, sin perder el hilo de lo que va ocurriendo.
    Por aportar alguna idea, no estaría mal algún próximo capitulo con un poco más de acción, lo que siempre añade emoción a la lectura.

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    1. Me alegro mucho de que te haya gustado. Es verdad lo que dices, ¿quién me iba a decir a mí cuando empecé a escribir "Obsolescencia programada", ese pequeño relato para uno de los retos mensuales del foro de www.fantasiaepica.com, que le añadiría una segunda parte (por petición popular) y, más tarde, lo alargaría con este tercer capítulo? Y ahora, como bien dices, casi sería un pecado parar... Esta historia se merece una oportunidad, y tiene visos de empezar a tomar cuerpo como novela corta por entregas. Lo cierto es que no me desagrada nada esa idea, así que ahora la pelota está en mi tejado y espero poder darle esa continuidad que la haga crecer más y más, pero con un nivel aceptable.

      También me gusta la idea que has dado acerca de la inclusión de un poco de acción. Reconozco que los tres relatos subidos hasta ahora han pecado un poco de "reflexivos", a causa precisamente de eso, de que no me los había planteado como capítulos de una obra mayor, sino más bien como pequeños relatos en sí mismos, cada uno con su mensaje, pese al hilo común que los enlaza. Pero sí es cierto que esta trama ya está pidiendo una buena dosis de adrenalina en el lector interesado en esta historia. Bien visto.

      Muchas gracias por leer y comentar.

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